La oralidad: tradición ancestral para preservación de la memoria colectiva

Jenny González Muñoz*

 

Resumo: Este artigo fornece uma visão geral do papel da palavra falada presente em todas as civilizações, inclusive como parte dos mitos da criação, instituíndo-se progressivamente com tradição na oralidade, o que aumenta sua importância para os povos ancestrais e também para os contemporâneos sob a sua direção, como um meio de preservar a memória coletiva, que como afirma Maurice Halbwachs, é formada a partir da presença de uma série de memórias partilhadas pelos membros de um mesmo grupo social. Os povos ancestrais, entre eles o azteca, maya e inca assim como aqueles originalmente orais, sustentaram e mantiveram as lembranças de seus acontecimentos históricos na presença dos velhos como guardiões da memória, que através da tradição de contar histórias, mitos e lendas passaram a continuidade de gestão, de geração em geração que ainda hoje existe, no entanto, as novas exigências e a disponibilidade de outros suportes  de memoria, a prática da oralidade tem sofrido transformações, mas ainda estabelece-se como um elemento fundamental nas culturas ancestrais.

 

Palavras-chave: Palavra, oralidade, memória coletiva.

 

Abstract: This article gives an overview of the role of the spoken word present in all civilizations including as part of the myths of creation, instituted progressively as the oral tradition, which increases its importance to native peoples and to the contemporary under his direction as a means of preserving the collective memory, Maurice Halbwachs asserts that as is formed from the presence of a series of memories shared by members of a social group. Ancestral countries, including the Mayan, Aztec and Inca, as well as those who originally oral, sustained and have held the memories of historical events in the presence of elders as guardians of memory, who by tradition of storytelling, myths and legends passed managed continuity from generation to generation that still exists today, however, with the new requirements the availability of cultural and other storage media, the practice of orality has been transformed, but still provides as a fundamental element of the ancestral cultures.

 

Keywords: Word, speaking, collective memory.

 

 

 


La oralidad: tradición ancestral para preservación de la memoria colectiva

 

 

“El lenguaje sólo existe por el otro, no sólo

porque uno siempre se dirige a alguien, sino también

en la medida en que permite evocar al tercero ausente;

a diferencia de los animales, los hombres conocen la

cita textual”.

Tzvetan Todorov.

La conquista de América. El problema del otro

 

 

La palabra hablada como representación de creaciones

 

Cantidad de pueblos con cultura no occidentalizada han hecho de la palabra hablada un suerte de medio para sustentar su memoria colectiva, cuestión que se extendió también a muchos eruditos se apoyaron en la tradición oral para construir parte de sus obras, tal es el caso de Homero o Shakespeare, por sólo citar dos, cuyas historias provienen básicamente de las narraciones contadas.  La memoria colectiva, como aquella compartida por un mismo grupo social, en cuanto a la presencia de recuerdos que se identifican como comunes ya que se han desarrollado en similares espacios y tiempos, como acota Maurice Halbwachs, conjuga en el pasado un conjunto de representaciones que tienen una continuidad social, así ella, como reconstrucción parcial y selectiva de ese pasado tiene puntos que son percibidos por dicha sociedad, de esto modo el fenómeno de la memoria existe por medio de las relaciones sociales, cuyas referencias principales son el lenguaje, como palabra; el espacio, como lugar que hace posible el acontecimiento; y el tiempo, como delimitación.  

 

[…] il y a d’une part un cadre spatial, temporel, et, plus généralement social. Cet ensemble de représentation stables et dominantes nous permet en effet, après coup, de nous rappeler à volonté les évènements essentiels de notre passé. Mais, d’autre part, il y a ce qui, dans l’impression initiale elle-même, permettrait de la situer, une fois qu’elle est reproduite, dans tel espace, tel tempe, tel milieu. (HALBWACHS 1976 :. 101)[1] 

 

Esos cuadros sociales como una unión de representaciones instauradas en recuerdos que se manifiestan a voluntad a nivel social, permiten que los miembros de un pueblo tengan una serie de tradiciones devenidas, entre otras cosas de la oralidad, ya que el lenguaje es un instrumento concreto que posibilita tanto su identificación como su cohesión, porque no sólo es un bien compartido, sino que es asimilado y aceptado, de hecho, si una persona desea entrar en un nuevo grupo social, para ser aceptada debe compartir un mismo lenguaje, “o instrumento decisivamente socializador da memoria é a linguagem” (BOSI 1987: 18). Así, si bien es cierto que nuestros recuerdos tienen un origen individual, su puesta en el mundo, su entendimiento, solo es posible a través  de su socialización, pues en ella tiene ese punto referencial que acotábamos antes y, de igual manera, un ordenamiento, porque no se presentan como hechos aislados, “ nos souvenirs ne seraient pas comme autant d’images séparées, enfilées les unes à la suite des autres comme les perles d’un collier : il y aurait continuité de l’une à l’autre. (HALBWACHS 1976 : 101)[2] 

De esta manera, la memoria colectiva, utiliza la palabra para registrar y salvaguardar su historia, de hecho existe cantidad de textos religiosos devenidos de la oralidad que cuentan el mito de la creación del mundo a partir de la invención de la “primera palabra”, el Popol Vuh, de los antiguos mayas, devela que el mundo fue creado luego de una conversación entre los dioses: “Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la obscuridad, en la noche, y hablaron entre sí  Tepeu  y Gucumatz. Hablaron, pues, consultando entre sí y meditando se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y su pensamiento”. (Popol Vuh 1992: 13); el Antiguo Testamento devela que “en un principio fue la palabra”,  pues antes de ella “todo era confusión y no había nada en la tierra”[3]; el Upanishad, uno de los libros sagrados del hinduismo, alude al “om”, como el primer sonido, por ende, la primera palabra, que no solo trasciende a la creación del mundo sino que personifica el alma como la presencia de dios en todos los seres; el Corán de los islámicos, es el libro que contiene la palabra de dios desde la creación. Así pudiéramos continuar enunciando la importancia de la palabra hablada en la constitución mítica de innumerables culturas, donde la parte simbólica juega un rol significativo.

 

La oralidad es un sistema simbólico de expresión, es decir un acto de significado dirigido de un ser humano a otro y otros, y es quizás la característica más significativa de la especie. La oralidad fue, entonces, durante largo tiempo, el único sistema de expresión de hombres y mujeres y también de transmisión de conocimientos y tradiciones. Hoy, todavía, hay esferas de la cultura humana que operan oralmente, sobre todo en algunos pueblos, o en algunos sectores de nuestros propios países y quizás de nuestra propia vida. (ÁLVAREZ MURO 2001: s/p)

 

Esa transmisión de conocimientos y tradiciones se lleva a cabo de individuo a individuo en un contexto social y un entorno geográfico que determinan de alguna manera, la forma cómo se realiza la “puesta en escena” de estas narraciones que en virtud de ser la oralidad, la “característica más significativa de la especie” humana no ha logrado ser desplazada por los soportes externos de la memoria ni por el embate de nuevas y numerosas tecnologías.

Aristóteles dice que la memoria es del tiempo, siendo que éste se construye e incluso se destruye del mismo modo que el hombre se recuerda y se olvida, de ahí que el rol de la palabra se torne significativo como presencia humana en el mundo, con trascendencia en el tiempo impulsándose como mecanismo óptimo para expresar esos recuerdos que pertenecen al individuo, pero que tienen connotación social,  así el filósofo habla de la oratoria, como composición y ejecución de discursos ante públicos, frente a la retórica, como el arte de hablar teniendo en cuenta que la disertación se enfrenta a adecuaciones estrechamente ligadas a las circunstancias, públicos y contextos ante los que se deba hablar, esto es interesante si lo colocamos frente a las culturas originalmente orales ya que sus narradores son personas especializadas en esta área, pues precisa de una serie de aptitudes y conocimientos no por todos los miembros abordados.

En la configuración de las naciones del Abya Yala[4], a partir de los procesos de conquista europea, la oralidad se presenta como un elemento esencial para la recopilación de los acontecimientos históricos de las civilizaciones aborígenes precolombinas, sostenida posteriormente en los relatos de los cronistas de Indias. Esto fue posible gracias a la amplia tradición oral que venían desarrollando estas naciones y comunidades desde su establecimiento social. La oralidad estuvo presente como materia obligatoria en los centros de enseñanza maya, azteca e inca, así como también en otros pueblos que contaban con una organización sociocultural planificada. Fue, de igual manera, un elemento permanente en otras culturas, incluso en aquellas que realizaban sus registros en grabados, dibujos, tejidos o libros, puesto que su capacidad de difusión, o masificación, para utilizar un término contemporáneo, es más efectiva, ya que todos la conocen, excepto en casos patológicos, además la capacidad de memoria que tienen los seres humanos, permite sostener las narraciones a través del tiempo, aunque con las alteraciones lógicas, característica, además, de la misma memoria, porque como acota Pierre Nora[5], a diferencia de la Historia, que se nos presenta como representación de un pasado ya muerto, una operación netamente intelectual que demanda, por ende, un análisis y un discurso específico y cuya capacidad de universalidad la convierte en relativa y vinculada con una continuidad que va al paso de los acontecimientos; la memoria, está en permanente evolución y revitalización devenidas de ese juego que se presenta cuando coexisten recuerdos y olvidos, de allí que pueda ser tanto particular, como colectiva, y asimismo simbólica, sensible a transformaciones. Por ello es que los mitos contados por medio de la utilización de la tradición oral sean “versiones” de los narradores, cada mito sufre alteraciones, yo no recuerdo exactamente las mismas palabra usadas por mi predecesor, pero con seguridad recuerdo lo que cuenta el mito, porque es parte de mi memoria colectiva, de mi historia como nación, como comunidad, por lo tanto, no lo olvido en su esencia, pero es imposible que se mantenga inalterable, como la memoria, está abierto a las transformaciones.

    

La oralidad como forma de herencia cultural

 

La vasta mitología de los pueblos ancestrales se ha establecido en la memoria de portadores de la memoria colectiva, difundida por cientos de años de generación en generación, siendo una suerte de herencia, de allí su abordaje como “tradición”, porque esa transferencia que, en muchas ocasiones es incluso de padre a hijo, tiene un carácter esencialmente simbólico, Eric Hobsbawm dice:

 

La « tradition » montre sa faiblesse lorsque, comme chez les juifs libéraux, les prohibitions alimentaires sont justifiées de manière pragmatique, par l’argument selon lequel les anciens Hébreux interdisaient le porc pour des raisons d’hygiène. Inversement, les objets ou les pratiques deviennent disponibles pour un plein usage symbolique et rituel quand ils ne sont plus entravés par leur utilisation pratique. L’éperon de l’uniforme des officiers de cavalerie est plus important pour la tradition quand il n’y a plus de cheval ; les parapluies des officiers de la garde en tenue civile perdent leur signification quand ils ne sont pas portés fermés (c’est-à-dire inutiles); les perruques des hommes de lois peuvent difficilement acquérir leur signification moderne tant que les autres individus ne cessent d’en porter. (1997: 122)[6]

 

La tradición impide la merma de la significación de la herencia colectiva, así pudiera subsistir la práctica de los judíos al no comer cochino como tradición solo a partir de su carácter simbólico, o de los hindúes al no ingerir carne de res porque consideran a la vaca como animal sagrado, mientras que el pragmatismo puede acarrear la ruptura del hilo tradicional. La fuerza de la tradición radica en la parte sagrada que la vincula directamente con la creencia de los pueblos, lo que conlleva a la sacralización, por ello el mito es importante y la oralidad es una tradición, ya que está abocada a llegar a todos los miembros de la comunidad y del pueblo, saliendo de las paredes de las academias, como podrían ser los lugares de enseñanza o instituciones culturales, buscando su incorporación en los juegos infantiles, las reuniones de jóvenes y adolescentes, en la vida cotidiana de los adultos, para lograr un interés sobre las historias contadas por ancianos y ancianas, quienes como dice Maurice Halbwachs, son los guardianes de la tradición, ya que en ellos reposa una buena parte de la memoria colectiva, muchas veces, incluso porque son testigos de los hechos contados.

 

Il ne se contente pas, d’ordinaire, d’attendre passivement que les souvenirs se réveillent, il cherche à les préciser, il interroge d’autres vieillards, il compulse ses vieux papiers, ses anciennes lettres, et, surtout, il raconte ce dont il se souvient, quand il ne se soucie pas de le fixer pas écrit. En somme, le vieillard s’intéresse au passé bien plus que l’adulte… (HALBWACHS 1976 :104)[7]

 

Efectivamente, los ancianos, ya no solo de los pueblos ancestrales, confían en su memoria para replicar la historia del grupo social al que pertenecen, no mostrando, en la mayoría de los casos, un interés por registrar en otros soportes esa memoria, dejando esa labor en manos de otras personas.

Ya eso lo venían desarrollando mayas, aztecas, incas, entre otros pueblos, al ensalzar el rol del anciano como soporte y transmisor de la memoria colectiva, instaurada en el mito, gastronomía, astrología, etnomedicina, música, ceremonias, rituales, en fin, manifestaciones de la cultura inmaterial, para que llegaran al conocimiento de los diversos estratos sociales, mientras los libros, códices, instituciones, y otros medios, quizá más específicos, se dirigían a sacerdotes, jefes militares, nobles. Aún así la cultura material se utilizaba para dejar registrar la historia de las naciones, lo propio ocurría con todas las faenas de la vida social quedando asentadas en los libros a su vez archivados en lugares diseñados para tal fin. En este caso, hemos de señalar la importancia de la oralidad para los incas, no sólo como transmisora de la etnohistoria del pueblo, sino como herramienta de comunicación por medio de la existencia del chasqui, sobre quien recaía la responsabilidad de servir de correo del rey, él llevaba el mensaje memorizado, lo decía a su relevo, quien a su vez, corría con el mensaje memorizado, se lo transmitía al otro chasqui, y así sucesivamente hasta que llegaba al destino final, tan efectivo era este método, que era utilizado en casos de vital interés, tales como guerras, acontecimientos naturales, estrategias, y demás.

Walter Ong dice que tan importante es la palabra hablada como tradición que la literatura es apenas “para cubrir un cuerpo dado en material escrito –literatura inglesa, literatura infantil-, pero no contamos con ninguna palabra o concepto similarmente satisfactorio para referirnos a una herencia meramente oral, como las historias, proverbios, plegarias y expresiones de fórmulas orales tradicionales”. (ONG 1987: 20). La oralidad abarca sustancialmente muchos caminos en el ámbito de la memoria, aunque no hay que negar la utilidad igualmente significativa de la escritura que, aunque la petrifica en el soporte, no permitiéndole conseguir más evoluciones y transformaciones, le da otro carácter a través del tiempo.

 

La tradición oral como soporte de memoria colectiva

 

 “Los pueblos sin escritura no son menos adultos

que las sociedades letradas. Su historia es tan

profunda como la nuestra  y, a menos de ser racistas,

no existe ninguna razón de juzgarlas incapaces

de reflexionar sobre su propia existencia y de

inventar soluciones apropiadas a sus problemas”.

Pierre Clastres

La société contre l’état.

 

Se habla de oralidad y su permanencia en el tiempo, se pone en entredicho su capacidad para transmitir fielmente los acontecimientos perpetuados por medio de ella misma, a pesar de sus detractores pervive en los siglos, en los espacios, y aún culturas como las contemporáneas urbanas, usan la narración oral de clásicos infantiles para instruir a los niños y niñas en las escuelas, para ayudarlos a dormir, para enseñarles a memorizar nombres, números, letras, colores.

La tradición oral en los pueblos ancestrales se sustenta, como ya vimos,  primeramente en ancianos y ancianas, ya que en ellos y ellas descansa la experiencia y la memoria muchas veces presencial de los acontecimientos narrados. La persona que hace de “oradora” o narradora entra en personaje asumiendo su rol pues debe hacer de ese cuento una vitalidad material, debe lograr que el público oyente entienda, interprete y sienta la significación simbólica de lo que está narrando. La carga estética se vincula con la simbología y ésta, a su vez, con la palabra cotidiana.

La narración oral tiende al suspenso. El emisor aparece sacralizado ante el auditorio a través de la palabra sonora, refiriendo mitos, leyendas y hechos heroicos. “El juglar y el griot, como los shamanes, tiene poderes de encantamiento. Por esto la ley épica de morosidad narrativa es común a la narración oral. Hay que ocultar el desenlace hasta donde sea posible. Jugar al incremento del interés e interpolar al máximo detalles y subtramas”. (TEDESCO 1985: 100)

El texto no es sólo el verbo, sino lo que el narrador o narradora es capaz de transmitir. Es un juego perfecto de gestos, tonos, voces, miradas y hasta olores, que van comunicando, expresando, como en el teatro, lo que el mito dice tradicionalmente y lo que quiere agregar aquel que lo trae a escena. Esto tiene que ver con el entorno, el contexto, pero también con el momento en que se está contando, de allí que un mismo relato se pueda interpretar o analizar de formas diferentes según se ha escuchado, lo cual no ocurre cuando leemos los textos que han sido transcritos sobre los originales orales.

La palabra repetida en voz alta establece una configuración tradicional que remite al conocimiento social sostenido en la memoria colectiva, lo cual no quiere decir que es un anclaje a los hechos del pasado, la oralidad en su calidad de autotransformación, se dinamiza acoplándose a las exigencias del presente ya que tiene la responsabilidad de pensar en el futuro para continuar su rol ancestral.

“Es verdad  que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban su lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y noventa pisos más arriba, es incomprensible”, hemos tomado esta cita del escritor argentino Jorge Luis Borges, sustraída de La Biblioteca de Babel[8], una de sus creaciones literarias que habla acerca de la figura del mundo como una biblioteca, donde las posibles acciones se sistematizan de manera matemática, rigurosa, en un espacio que permite infinidad de intercambios y repeticiones. Los libros que Borges nombra en esta hexagonal biblioteca contienen infinitos pensamientos, planteamientos, temáticas, idiomas que unas personas entienden y otras no, letras pertenecientes a alfabetos diferentes, profecías, soluciones, verdades, mentiras, ficciones, realidades, en fin, las cosas que constituyen el mundo. Los libros se convierten en el icono de la sabiduría universal, donde la palabra infinito se acerca de manera consciente al papel del libro al garantizar la permanencia en el tiempo de los acontecimientos plasmados sobre sus hojas en letras o imágenes.

La palabra oral pierde su sentido al verse supeditada a la escrita, pues es susceptible a los embates del olvido y las posibles interpretaciones de “segunda mano”, lo cual sin lugar a dudas, se convierte en una visible desventaja en esa carrera por sostenerse ante la creciente presencia del lenguaje escrito, bien sea en papel, procesadores de palabra, discos compactos u otros materiales.

A nuestro criterio, esa maravillosa capacidad que tienen los libros (y la escritura como tal) de adentrar al lector en la infinidad del mundo, como diría Borges, es una herramienta que incluso han utilizado personas pertenecientes a culturas originariamente orales para evitar la desaparición total de su legado etnohistórico (Pacheco, 1992). No obstante, aun y cuando se sabe que en pleno siglo XXI las culturas fundamentalmente orales no pueden desechar la posibilidad que les brindan los procesos de desarrollo implementados globalmente por las sociedades contemporáneas, no es lícito que dejen de lado su tradición oral y su lengua originaria, permitiendo de esta forma la suplantación de su cultura por la foránea. Los pueblos que basan la sustentación de su memoria colectiva en la tradición oral tienen su fuerza primordial en la preservación del idioma propio ya que en él está la sustancia de las interpretaciones primigenias encarnadas en la mente de hablantes capaces de expresar ese universo plagado de pensamientos infinitos de los que habla Borges.

La oralidad es una muestra consistente de las diversas sociedades del mundo que indica un proceso de comprensión y representación de la cultura implicando una efectiva manera de comunicación que ha trascendido a miles de siglos de existencia. El intercambio oral-auditivo-visual que se realiza entre las personas toma mayor efectividad cuando se desarrolla entre quienes pertenecen a la misma comunidad o grupo social y que, por consiguiente, hablan el mismo idioma, comparten una misma significación gestual,  en este sentido, la comunicación fluye permitiendo no sólo un entendimiento sino maximizando las posibilidades de creación, congruencia e identificación (capacidad identitaria) entre los miembros y asimismo identidad social y cultural. Aquellos que comparten los mismos códigos se sienten un poco cómplices y esto proporciona una suerte de confianza impensable con otros grupos.

En la oralidad hay un potencial expresivo que va más allá de la mera palabra, está la entonación, la gestualidad, la mirada, el cuerpo mismo con cada uno de sus sentidos, y la expresividad que genera quien cuenta el relato, ya que lo siente, lo cree, lo entiende, sabe su importancia, y lo imprescindible que es contarlo para que sea escuchado, sentido, entendido, recordado y repetido muchas veces. El que escucha, a su vez, se va haciendo la idea dentro de su pensamiento, como creando su propia película, desarrolla las imágenes en su imaginación y despliega las acciones dejándose llevar por la voz del narrador y el entorno que lo acompaña diciendo. De modo que los mitos, cuentos y leyendas creados por las culturas ancestrales a lo largo de los siglos fueron concebidos para ser interpretados por personas pertenecientes al mismo pueblo, lo cual implica su conocimiento cabal, por ello para el foráneo no es fácil entender y sentir ciertas narraciones, pues la mayoría tienen características religiosas, míticas y tradicionales desconocidas simbólicamente por las personas de otros grupos sociales, a decir en palabras de Halbwachs, no son compartidas por ellos, a lo que se puede agregar el hecho de que la condición histórica de desarrollarse al amparo del dominio de la lectura y la escritura, puede conllevar a la percepción de las ciertas narraciones orales indígenas (al leerlas en textos transcritos) como ausentes de un cónsono sentido literario.

 

(...) la escritura y la lectura han llegado a internalizarse a tal punto en la psique humana, que se han transformado en ingredientes indispensables de la vida cotidiana, siendo percibidos por muchos como si fueran recursos innatos y no las adquisiciones culturales, las verdaderas tecnologías que realmente son. No debe extrañarnos pues que resulte hoy en día extremadamente difícil para una mente letrada como la nuestra imaginar una palabra concreta sin representárnosla como impresión visual (sin leerla imaginariamente). Somos en general incapaces de percibir la palabra como impresión fonética, como mero sonido. (PACHECO 1992: 27-28)

 

La cultura de corte occidental, al criar a sus miembros como lectores, los ha hecho alejarse de lo oral, no dejándolos sentir la verdadera fuerza de las narraciones tradicionales, pretendiendo entonces, que todas las culturas sean letradas, prejuiciando la práctica de la oralidad y negando su rol fundamental como instrumento de memoria de los pueblos que se sirven de ella para contarse, narrarse y perpetuarse en el tiempo.

 

Ya las palabras “literatura” o “literario”, etimológicamente dependientes de letra, de registro escrito,  encarnan tal prejuicio, capaz de conducir a graves exclusiones y a garrafales errores de interpretación. La presencia masiva de reiteraciones o de estructuras formulaicas como el epíteto en un poema cosmogónico guaraní o en la épica homérica, por ejemplo, difícilmente puede ser entendida si el lector o el crítico ignoran su sentido y sus funciones, básicamente mnemóticas y rítmicas, dentro del proceso de composición oral de un cantor popular tradicional, o pedagógicas como parte del sistema educativo de una comunidad oral. (Ibidem: 30)

 

Pero más allá de la formación social que los cataloga como “lectores”, se habla del papel que juega la cultura de este proceso, la innegable existencia de la llamada “cultura oral-popular”, contrapuesta a la “cultura elitesca o libresca” (LEÓN, D. y R. MOSTACERO, 1997), tiene su basamento en un nivel ideológico donde la relación dominado-dominador se establece desde el punto de vista de las sociedades auto denominadas “desarrolladas”, que imponen el concepto de “moderno” al fenómeno construido desde los asentamientos humanos que suponen un mayor desarrollo frente a aquellos que han llevado su producción intelectual desde la óptica práctica de la oralidad. Todo lo cual aunque no se anule mutuamente, siempre va a ser contradictorio.

 

En la historia del surgimiento de la llamada “cultura occidental”, ésta se concreta durante el paso del artesano a la revolución industrial. De las pequeñas aldeas a las primeras ciudades, con la aparición de la clase obrera, surge la cultura industrial y la preponderancia, más adelante, de la cultura burguesa como la cultura por excelencia y, segundo, las bellas artes (entre ellas la literatura), como su expresión estética por excelencia. (Ibidem: 31)

 

La cultura se ha venido conceptualizando desde diversas perspectivas donde la supremacía de las letradas sobre las llamadas “ágrafas” (que no quiere decir “analfabetas”) es una constante sobreviviente a las diferentes épocas. No obstante, se ha estado abriendo espacios para la discusión de esta “superioridad” los cuales cada vez con mayor ahínco se han ido posesionando en la óptica ontológica de la cultura, dejando de lado paradigmas alejados de la visión que actualmente se viene manejando sobre las creaciones humanas. Carlos Pacheco (1997) habla de las “comarcas orales” como aquellas comunidades que se sirven primordialmente de la oralidad, hayan obtenido o no alfabetización, siendo la importancia de la comunicación un proceso humano sumamente trascendental pues se establece entre las personas, pero también entre éstas y el mundo, implicando una cosmovisión en conjunción con la naturaleza tradicional en pueblos como los indígenas, africanos, campesinos, mas no en los urbanos, ya que el fuerte enraizamiento de medios tecnológicos ha dejado de lado la vinculación natural.

En este sentido, las narraciones indígenas, por ejemplo,  forman parte de un tiempo comunal propicio para el encuentro al tomarlas para sí de una manera íntima, tradicional y a la vez misteriosa. Las interrogantes que plantean en cada individuo las narraciones de mitos ancestrales suelen quedarse revoloteando en el pensamiento como buscando respuestas a materias desconocidas. Julio Lavandero (1994) en su libro intitulado Uaharaho. Ethos narrativo, concretamente en las notas preliminares a esta amplia recopilación de mitos y leyendas de los warao del estado Delta Amacuro de Venezuela, describe un momento de la narración, texto del que transcribimos una extensa parte ya que consideramos que detalla con bastante exactitud la magia que encierra ese momento.

 

(...) el narrador está sentado en un chinchorro, en un madero o en una maleta de madera que los guaraos fabrican. Los oyentes se sientan o se acuestan en donde   pueden, hasta en el suelo. Las mujeres están sentadas o acostadas aparte, pero también escuchan. A nadie se le obliga a escuchar. Pero el que no atiende, o se aleja o habla en voz baja, sin interrumpir. Los niños campean a su gusto. El narrador actúa a petición de alguien  o porque algunos se han puesto de acuerdo para contar los mitos. Para iniciar la narración, suele carraspear de forma determinada, a veces cómica, como para hacer silencio mientras los espectadores adoptan una postura expectante, demostrando interés. Otras veces, el inicio es espontáneo, partiendo de una frase o una anécdota entre dos, a los que luego se van agregando otros según el interés despertando. Un buen narrador declama y dramatiza con gestos de las manos, de la cabeza y el pecho; modula las frases enfatizando acentos, alargando finales, enumerando con los dedos comenzando por el meñique de la mano derecha, pasando a la otra mano por los pulgares y terminando por el meñique de la mano izquierda. (LAVANDERO 1994: 16)

 

El hecho de que los oyentes que no están interesados en el relato no interrumpan la narración implica per se una conducta de respeto no sólo al que relata sino a los demás espectadores, quienes se mantienen en una “postura expectante” ya que se encuentran intrigados por lo que se va a contar, es por ello que el silencio se apodera del lugar, para que las palabras sean escuchadas con mayor atención. A esto se agrega la capacidad histriónica del narrador, quien apoyado en la gesticulación, la entonación y la modulación, imprime un carácter de fuerza interpretativa a las acciones que está re-creando por medio de sus palabras.

A esta atmósfera que lleva al oyente a otros tiempos y otras gestas, se agrega un factor primordial en la legitimación de la tradición: el idioma. Este es esencial para que el individuo de un pueblo (indígena, en este caso) se conozca como parte sustancial de lo narrado. Los personajes y lugares descritos allí son parte de él y viceversa, es una suerte de auto-apropiamiento de esa historia que es la suya, pues habla de sus raíces como persona y luego como ciudadano social. El lenguaje evoca la existencia misma donde la simbología juega un rol preponderante para el conocimiento del pueblo y su etnohistoria, permitiendo una posterior reconstrucción con uso de la memoria colectiva sostenida tradicionalmente en la oralidad. Los miembros de sociedades orales conciben a la palabra como un instrumento viable para ser usado cuando se hace un registro de conocimientos de la cultura, de allí lo esencial del constante encuentro “cara a cara”, que dista de las sociedades “escriturarias”, para tomar palabras de Ángel Rama[9], en las que se ha ido perdiendo esta capacidad o necesidad, hasta llegar al punto de usar cotidianamente elementos que aíslan el encuentro personal de unos y otros, como ejemplo, el teléfono, la Internet, el mensaje de texto, entre otros, a lo que se podría agregar que estos instrumentos conllevan, a su vez, a un olvido que va in crescendo, pues como acota Pierre Nora, es una compulsión por registrar la memoria.

La oralidad es la expresión de ese mundo de significaciones y sentidos que es la cultura, siendo un lenguaje netamente humano sirve de vehículo para perpetuar sucesos que tuvieron lugar importante en el pueblo formando parte de su memoria colectiva, es una tradición que va a la par de los medios de registro que buscan archivar los recuerdos en soportes que pretenden evitar el olvido, no obstante, el trabajo de los pueblos originalmente de cultura solo oral, debe estar focalizado a la conservación de su tradición oral ya que dejar en la responsabilidad de los soportes externos, la preservación de la memoria, conlleva, sin lugar a dudas, a que los ancianos y ancianas, por no contar los mitos, las leyendas, los acontecimientos, estén olvidándolos, no quedando nada que contar para, incluso, ser plasmados en la memoria petrificada de las letras. La palabra, como en los comienzos de la creación, según la mitología, continúa siendo el principio y el fin de las memorias.

 

 

Referências bibliográficas

 

ÁLVAREZ MURO, Alberto. Análisis de la oralidad: una poética del habla cotidiana. Mérida: Universidad de Los Andes. 2001.  Disponible en: <http://elles.rediris.es/elles15/cap.11/htm >. Acceso en: 10 feb. 2009.

 

BOSI, Eclea. Memória e Sociedade: Lembranças de velhos. São Paulo: T.A. Quieroz Editor, 1987: 5-21.

 

HALBWACHS, Maurice. Les cadres sociaux de la mémoire. Paris : Mouton. 1976

 

HOBSBAWM, Eric. A invenção das tradições. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1997: 271-316.

 

LAVANDERO, Juan. (Editor) Uaharaho. Ethos narrativo. Caracas: Edic. Hermanos Capuchinos, 1992.

 

LEÓN, Daniel y MOSTACERO Ruddy. Caripe. Historia cotidiana y oralidad. Maturín: Edic. Gobernación del estado Monagas, 1997.

 

ONG, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

 

PACHECO, Carlos. La comarca oral. Caracas: Ediciones de la Casa de Bello, 1992.

 

POPOL VUH. In: LITERATURA Maya. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1992, p. 13.

 

TEDESCO, Italo. Textualidad y significación en la transmisión oral. IN Ruddy Mostacero (org.). Oralidad en la literatura y literatura en la oralidad. Maturín: Ministerio de Educación, 1985, p. 87-104

 



*Doctora en Cultura Latinoamericana y del Caribe-Instituto Pedagógico de Caracas – Universidad Pedagógica Experimental Libertador - Venezuela. Mestranda en Memoria Social y Patrimonio Cultural –Universidad Federal de Pelotas- Brasil.

[1] T.A. […] en primer lugar, existe un cuadro espacial, temporal, y generalmente social. Este conjunto de representaciones estables y dominantes nos permite en efecto, después, recordarnos a voluntad de los eventos críticos de nuestro pasado. Pero, en segundo lugar, existe lo que, en la primera impresión  en sí misma, lo colocaría una vez que se reproduce en ese espacio, como el tiempo, como un ambiente. Nota do editor: no decorrer do texto a sigla T.A. identifica traduções realizadas pela autora

[2] T.A. Nuestros recuerdos no son una cantidad de imágenes separadas, colgadas una tras otra como las cuentas de un collar: ellos han de continuar uno tras el otro.

[4] Terminología de origen karibe-kuna, acuñada por consenso de los pueblos indígenas contemporáneos, siendo referida a la extensión de territorio que va desde México hasta la Patagonia.

[5] Para profundizar en el tema se puede leer el volumen I, La republique, del libro Les lieux de mémoire de Pierre Nora, París: Gallimard , 1984.

[6] T.A. "Tradición" muestra su debilidad cuando, como entre los judíos liberales, las prohibiciones de alimentos están justificadas de manera pragmática, por el argumento según el cual los antiguos hebreos prohibieron el cerdo por razones de higiene. Por el contrario, los objetos o prácticas se hacen disponibles para su completo uso simbólico y ritual  cuando ya no están limitados por su uso práctico. El espolón del uniforme de los oficiales de caballería es más importante para la tradición cuando no hay más caballos, los paraguas de los oficiales de la guardia vestidos de civiles, pierden su significación  cuando se usan cerrados (es decir, cuando son inútiles), las pelucas de los jueces pueden difícilmente  adquirir una significación moderna mientras los demás sigan usándolas.

[7] T.A. Él no se contenta, por lo general con esperar pasivamente a que los recuerdos despiertan, él trata de aclararlos, consulta otros ancianos, hojea sus viejos papeles, sus cartas antiguas, y lo más importante, le dice qué recuerda bien, por lo que no se preocupa escribir los que recuerda. En pocas palabras, el anciano mira hacia el pasado más que el adulto…

[8] Consultar la edición del libro de Jorge Luis Borges, Ficciones. El Aleph. El informe de Brodie,  Caracas: Biblioteca Ayacucho, n° 118 da Colección Clásica, 2005.

[9] Referido en el libro de Ángel Rama, La crítica de la cultura en América Latina, Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1985, número 119 de la Colección Clásica.